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Maite Geijo.

Enóloga y propietaria de la bodega Cepas y Bodegas.

La propuesta de maridaje por antonomasia para el jamón ibérico es un Fino o una Manzanilla. La genuina intensidad aromática y notas a frutos secos del jamón encuentran su perfecta armonía con las punzantes notas almendradas del Fino de Jerez y con las notas salinas de la Manzanilla de Sanlúcar. Son vinos ligeros, de baja acidez y alta graduación, características que se alían bien con la textura untuosa del ibérico. En el retrogusto, se produce el culmen de este maridaje gracias a la unión de la persistencia y la retronasal que presentan ambos.

También puede optarse como maridaje por un tinto. En este caso, el delicioso aroma intenso y persistente del jamón obliga a elegir un vino con cierta potencia aromática, como pueden ser los de crianza de  la Ribera del Duero. Sus aromas a frutas rojas y especias dulces con  notas tostadas de buena madera son perfectos para potenciar y  acompañar los matices de tostados y azúcar quemado del jamón. La buena  presencia en boca con retronasal de delicados torrefactos y un final de boca prolongado, se unirán a la perfección con la untuosa textura y larga persistencia del jamón de bellota.